ALEXANDER BATHORY.

"Go bury your demons then tear down the ceiling".


⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀ 𝐃𝐀𝐓𝐎𝐒 𝐁𝐀́𝐒𝐈𝐂𝐎𝐒 :

• Nombre completo: Alexander Bathory Williams.
• Edad y lugar de nacimiento: 36 años. Londres.
• Fecha de nacimiento: 20 de Diciembre.
• Altura: 1,72 metros.
• Género: hombre.
• Estado civil: en pareja.


𝐇 𝐈 𝐒 𝐓 𝐎 𝐑 𝐈 𝐀 .

Alexander, ese fue el nombre que le dieron a aquel bebé de cristalinos y claros orbes que nació en aquella oscura noche de luna llena; la luz que entraba se por la ventana se mezclaba con la artificial, haciendo que el brillo innato de su mirada se intensificase aún más. El inglés nació en el seno de una familia humilde, de una clase media-baja, formada por una madre y un padre sencillos y trabajadores, que se sacrificaban cada día para que un trozo de pan llegase a la boca de su hijo sin que tuviese que pasar penurias. Debido a esto el tiempo que pasó en su infancia junto a sus padres fue mucho menor que el de cualquier niño en una situación <<normal>>, ya que ambos trabajaban hasta tarde, buscando obtener todas las horas laborables posibles para que la recompensa fuese mayor; eso no fue realmente un inconveniente para el menor. Gracias a que sus abuelos paternos vivían cerca podía quedarse en su casa todos los días, esperando con impaciencia a que sus padres volviesen a por él, aunque ese desasosiego fue pasando conforme el tiempo avanzaba, le fue tomando cada vez más y más cariño a sus abuelos, llegando a un punto en el que era difícil separarlo de ellos; aunque no siempre se podía quedar allí, ya que por ciertos motivos sus abuelos viajaban con frecuencia. Eso tampoco llegó a suponer un mayor problema, debido a que desde siempre fue un niño bueno y calmado a los vecinos cercanos no les costaba cuidarlo de vez en cuando, incluso llegaban a disfrutar de hacerlo ya que la alegría que siempre portaba con él, de alguna forma u otra lograba retransmitirla con éxito a los de su alrededor. Tener a gente que quisiese a su hijo de aquella forma reconfortaba a sus padres, aunque en parte los entristecía por el hecho de no poder ser ellos quienes disfrutasen de forma plena de él… aunque aquello cambió en parte cuando pasaron algunos años.

La madre de Alexander cayó presa de una enfermedad sistémica y crónica que la obligó a dejar de trabajar fuera para trabajar como ama de casa; esto fue de vital importancia en algunos aspectos, en especial para descubrir las nuevas características de su hijo. Alex nunca llegó a ser un niño malo, un poco travieso, pero como cualquier muchacho de su edad, pero por todo lo demás no había queja… hasta que todo cambió: los valores inculcados por sus padres se vieron sustituidos por los de aquellos “cariñosos y atentos” abuelos, dando como consecuencia la creación de casi una nueva personalidad. La avaricia, la perfección absoluta como único modo de vida, el orgullo, la arrogancia y la soberbia se instalaron en él como un impecable, pero a la vez bizarro engranaje. Esto repercutió en sus estudios, en sus relaciones sociales y en el ambiente que lo rodeaba, provocando que todo lo bueno se fuese desmoronando poco a poco. Obviamente sus padres pusieron solución a esto tan pronto como pudieron, pero nunca lograron arrancar el origen del mal, y es que, aunque lograron apartar a sus abuelos paternos de su hijo, aquella semilla quedó implantada en él, esperando a aflorar en el momento más débil.

Los años pasaron y con aquel incidente solucionado el pequeño volvió a la “normalidad”; toda la “normalidad” que un adolescente puede llegar a cosechar. La bondad seguía siendo una característica innata en el estudiante, pero la rebeldía llegó con fuerza, oponerse a lo socialmente establecido fue su lema y su bandera, un inconformista dispuesto a romper las cadenas de una sociedad que no estaba hecha para él. Allí donde había una protesta, allí donde se buscaba la concienciación de los ciudadanos, allí se encontraba él, alzando su voz como si la timidez no fuese un problema; sí que hubo varios inconvenientes dentro de aquel nuevo comportamiento suyo. Perdió algunas amistades con puntos de vista muy diferentes a los suyos, tuvo problemas en algunas de esas manifestaciones por altercados policiales y bueno, como todos los adolescentes, algunas discusiones con sus padres. No obstante, aquello sólo supuso una parte de su adolescencia y por suerte seguía siendo la misma persona, seguía siendo amable, jovial y estudioso; fue en aquella época de su vida en la que encontró a lo que se quería dedicar de verdad; pudo observar lo realmente mal que estaba el sistema educativo, incluso echó su vista hacia atrás para reflexionar mejor y comprendió que si seguían formando personas de la misma forma en la que lo seguían haciendo la sociedad quedaría más estancada y los avances no serían tan fructíferos como se pretendía. La vocación de ser maestro nació en él como un fénix inmortal, las llamas se extendieron por todo él y su coraje lo insufló para obtener lo que deseaba, aunque le costase sudor y lágrimas. El trayecto no fue fácil y mucho menos agradable, cada vez que hablaba de a lo que se quería dedicar era mirado casi por encima del hombro, designándolo como indigno y tachándolo de ir a por algo fácil e inútil, pero eso nunca llegó a hundirlo en ningún momento, su voluntad era férrea y el apoyo de sus queridos padres y amigos siempre estuvo allí con él. Sus relaciones verdaderas lo apoyaron en todo aquel proceso hasta llegar a la universidad.

Etapa nueva, vida nueva, tocaba despedirse de todo lo conocido para dejar paso a algo nuevo y único. Tocaba marcharse de casa pues en el pequeño pueblo pesquero en el que vivió con sus padres, después de mudarse tras el incidente con sus abuelos, ya no había cabida para él y sus nuevos intereses. Ah, la gran ciudad… cuanto daño pudo llegar a hacerle y cuanto llego a proporcionarle. Nuevos compañeros, nueva situación de vida ahora que se encontraba sólo viviendo en un piso compartido y nuevas clases; todo supuso un vuelco ante lo tradicional. Aquella rebeldía se fue sustituyendo por una madurez mejor fundamentada, aquellos deseos de verlo todo cambiar y de gritar ante ello se mantuvieron, pero más escondidos y en una voz mucho más baja pero lo que no cambió fue la llama que ardía en su interior, aquella ave alada que latía en su interior dispuesta a ser libre y a conceder a las nuevas generaciones esa misma libertad, también conocimientos y sobre todo una educación digna. Sus alas batieron el aire con fuerza y tesón, aquel hombre no se detuvo en su viaje de aprendizaje y aunque la universidad no fuese un camino de rosas lo afrontó de la mejor forma posible. Todo iba bien en aquella nueva fase hasta que un incidente horrible sucedió y lo consternó durante muchísimo tiempo:

Tal incidente provocó que durante un amplio periodo de tiempo Alexander cambiase por completo, aquel Fénix acabó hundido y hecho cenizas grises de las que no parecieron quedar nada; su fuerza se apagó, su alegría se desvaneció por completo y su voluntad quedó hecha añicos. Le costaba ir a clase, tanto que a muchas de ellas acabó faltando, los exámenes los aprobó, pero no con la nota deseada; sus trayectos eran lo más cortos y a la mayor velocidad posible, siempre mirando a su alrededor, esperando no encontrarse de nuevo con aquellos monstruos a sus ojos. Sí, era cierto que sus amigos lo ayudaron en su tiempo de recuperación, al igual que sus padres, pero aquello no funcionó del todo… sólo algo consiguió reavivar la pequeña hoguera que latía con pesar en su corazón. Durante muchos esta razón lo alivió y sanó sus heridas hasta devolverle su vitalidad normal, e incluso llegó a aportarle más todavía, convirtiéndolo casi en un hombre nuevo y fortalecido. Terminó su carrera con muy buenas notas, realizó varios másteres posteriormente, pero… aquello no duraría para siempre, esa vitalidad no estaría allí siempre acompañándolo.
Al final aquel motivo desapareció de su vida, volviendo a dejarlo consternado y sin saber qué hacer, de nuevo se hallaba perdido entre las sombras y en aquel momento no tenía nada que lo sacase de allí. Durante un año estuvo retirado, dejó su trabajo, el cual consiguió inmediatamente después de salir de la universidad y se apartó de todo y todos. Tras ello, Alexander Bathory, ha vuelto y deseando que todo vuelva a la normalidad, que nada más trastoque su vida, deseando ser… simplemente feliz.

Alexander es una persona alegre y llena de energía, suele buscar hacer reír y entretener con un humor enérgico y práctico. Suele hablar con mucha energía y con una buena dosis de inteligencia, pero le gusta hablar de las cosas como son o, mejor aún, simplemente hacerlas. Es altruista y se toman en serio su responsabilidad de ayudar y hacer lo correcto. Disfruta del drama, la pasión y el placer.
Para él tiene más sentido usar su propio criterio moral que el de otra persona. Las reglas se crearon para romperlas. Si minimiza sus problemas, aprovecha su energía y logra concentrarse ignorando las cosas aburridas, es una fuerza a tener en cuenta.

Tienen una habilidad única para percibir pequeños cambios. Ya sea un cambio en la expresión facial, un nuevo estilo de ropa o un hábito roto, las personas con este tipo de personalidad pueden darse cuenta de los pensamientos y motivos ocultos, aunque a veces prefiere no darse de cuentas de ciertas cosas. Estar al tanto de todo lo que pasa a su alrededor es su plato preferido.

Es una persona social y se esfuerza por saber lo que hacen sus amigos. A veces puedes centrar su atención únicamente en algunas personas, una sola causa digna; si se dispersan demasiado se quedará sin energía, e incluso pueden llegar a sentirse abatido y abrumado por todo lo malo del mundo que no pueden arreglar. Todo depende de su visión optimista.

A veces puede llegar a ser realmente inocente e ingenuo, cosa que muchas personas aprovechan para sacar beneficio de él. La timidez y la vergüenza también se manifiestan en él en situaciones en las que pierde el control, en las que directamente sus concepciones se rompen o cuando lo que esperaba de la misma se desvanece; igualmente en momentos muy tensos, de mucha presión o donde hay connotaciones eróticas/sexuales.

“La pérdida de un gran amigo, la gran desilusión provista por parte de otro al romper un ilusión pura y sincera, el miedo provocado por un ser a quien consideró alguien a quien contarle sus problemas, … ¿Qué clase de mezcla puede desembocar a la ruptura mental? ¿Qué amalgama de oscuras sensaciones puede resquebrajar el alma de una persona? ¿Cómo un mero acto puede desgarrar y cortar hasta el agonizante dolor?

Él tiene la capacidad de aceptar las leyes de la vida y de la muerte. Su sumisión es tanto física como moral, alguien sin capacidad para hacerse valer o incluso entender. Él, cuyas energías canalizadas son guiadas por otras energías. Él, cuya personalidad es fiel y está dispuesto a prestar ayuda.

Él, cuya mera existencia es un patético reflejo de sí mismo, quien lleva resquebrajado desde hace años y aquel que ni si quiera puede cuidar de su propio ser. ¿Merece alguien así existir? ¿Vivir? La respuesta es obvia, no hace falta un pensamiento detenido o largas jornadas de estudio: no. ¿Pues quien vería con buenos ojos a alguien así? ¿Cómo podría resistir un ser así en tal dura andanza como es la vida?

Una voz, un agudo eco que resuena contra las paredes de un castillo, de una fortaleza inexpugnable, unas risas frenéticas, coléricas, esperpénticas y despiadadas. ¿Quién puede producir tan horrible sonido? Abre la cortina muestra la verdad, los ojos dorados, la mirada azul, ¿qué visión del mundo prevalecerá? LA DEL FUERTE”.


........


Dolor, Alexander sintió una increíble sensación de presión sobre su pecho cuando se alzó con desesperación sobre su colchón. Los días sin dormir le estaban pasando factura, sus pesadillas cada vez eran más oscuras, tenebrosas e impenetrables; la niebla blanca cubría gran parte de las mismas, siempre lo dejaba frente a un castillo, uno tremendamente familiar. ¿En lo más alto? Dos entidades que parecían observarlo con diversión, con sorna, pero rápidamente desaparecían, dejando paso a un dolor inimaginable, las… las… no quería, no deseaba recordarlo. Su respiración era pesada, su diestra semicerrada descansaba sobre sus ojos y su codo sobre sus piernas dobladas. Los quejidos envolvieron la solitaria habitación, quejidos acompañados de unas espinas secas creciendo por su garganta, dolía, dolía mucho y no sabía el qué. ¿Todavía estaba soñando?


Imposible.

Pero su cabeza aún parecía estar en aquel mundo de distorsión y sombras. Se levantó de la cama con rapidez para ir al cuarto de baño, pero sus piernas fallaron y cayó contra el suelo, llevándose por delante una silla que había cerca de su posición, una sobre la que descansó previamente un paquete que también acabó por descender junto a él. No tenía tiempo para recogerlo, no. Volvió a retomar el paso, rápidas zancadas que lo llevaron al cuarto de baño, el docente colocó sendas manos sobre la taza del inodoro y dejó que las nauseas hiciesen su trabajo; parte de su dolor de cabeza fue aliviado, pero no al completo. Cuando se levantó y tiró de la cisterna fue a enjuagarse la boca y allí, en el espejo que descansaba sobre el lavamanos, pudo contemplar su desmejorado aspecto: las ojeras estaban más hundidas, más moradas, sus labios marcaban una dura y caída curva, sus pómulos estaban “chupados” por la falta de apetito del docente y el color de su piel era pálido y blanquecino. ¿Por qué estaba así? ¿Por qué no mejoraba? ¿Por qué siempre que le pasaba algo malo acababa en una situación similar? … ¿Por qué era tan débil?



“Triste e inútil”.


Nadie dijo eso, no había nada en aquella habitación salvo él, pero aquella voz resonó con fuerza sobre su cabeza, provocando una extraña y primigenia ira que lo llevó a alzar su puño y llevarlo contra el cristal de espejo. A milímetros de la superficie que lo reflejaba se detuvo. ¿Qué hacía? Ese no era él… ¿Verdad? Volvió a la habitación y con desgana puso la silla de pie y tomó aquel paquete con sendas manos. Un paquete de sus abuelos paternos, aquellos que tanto lo “quisieron”, que tanto cuidaron del inglés cuando era pequeño… quienes traicionaron a sus padres. No les debía nada, sólo lograron crear discordia en su familia, pero… ¿Por qué después de cómo acabaron las cosas seguían tratando de contactar con él? Aquel paquete fue su último intento; meramente observarlo dejaba en él un ácido sobre sus papilas gustativas. Debería haber tirado aquella cosa en cuanto lo recibió, pero lo guardaba por una pequeña sensación de apego, por el recuerdo dulce que aún guardaba de ellos. Quizás deshacerse de esa cosa lo ayudaría, no obstante, … primero quería ver su contenido. Lo abrió con lentitud, buscando no rasgar mucho el papel, y con la misma parsimonia abrió al completo sus ojos al vislumbrar su contenido: una caja roja, casi granate, con el símbolo de un dragón dorado en el centro; desde luego era preciosa, aún recordaban sus gustos. Abrió aquella atrayente y misteriosa caja para encontrar una vestimenta, un traje completamente negro, con una corbata con detalles en madera, color arce y con un par de gemelos de oro, con el mismo símbolo de aquel dragón. Cuando dejó la ropa a un lado encontró una carta… no, no le apetecía leerla, pero pese a su estado su curiosidad natural era mayor y cuando se quiso dar cuenta se encontraba devorando aquellas letras negras escritas con tinta y pluma.



… … …

Una risita se escapó de su garganta al terminar de leerla, una melodía que empezó siendo suave acabó por transformarse en un grotesco ruido cargado de desesperación y angustia. El dolor de su cabeza no paraba de crecer y le dolían los ojos, sus globos oculares escocían por las lágrimas que se estaban formando en los mismos. El contenido de aquella carta fue lo menos adecuado, lo más parecido a una lanza atravesando su pecho y hundiéndose hasta sacar el corazón de su pecho. Los ecos, esos ecos, esa tortuosa voz sonaba de nuevo en su cabeza y con más fuerza, pero estaba despierto. ¿Cómo era posible? No podía, no quería, no podía, no QUERÍA. Cerró los ojos con fuerza e intentó que todo desapareciese, pero en la oscuridad de la visión los demás sentidos se agudizan, para él fue igual, su oído se vio aún más involucrado en aquellas burlonas palabras que lo desprestigiaban y que lo llamaban a ser algo más. Un dolor punzante finalmente acabó por golpear, dejando su cuerpo desmayado sobre el colchón.

A las horas aquel hombre se levantó, se sentía en paz, relajado, en calma… Decidió probarse el regalo de sus queridos abuelos. No le quedaba nada mal, menos aún con los zapatos azabaches con los que acompañó la vestimenta. Volvió al cuarto de baño y se peinó, fijándose en las nuevas canas blancas que recorrían su cabello, en las llamas que bailaban por su barba y en frío y gélido azul que congelaba sus ojos. “Nada mal”. Murmuró cuando acabó de acicalarse. En el largo espejo de su habitación se miró de arriba abajo, contemplando aquella figura, aquellos detalles que cubrían su cuerpo en forma de traje; una pequeña y afilada sonrisa rodeó sus labios, acrecentándose más y más cuando se fijó en la carta.

“Correré hasta que la luz deje de relucir”. Se prometió a si mismo mientras observaba su nueva imagen, mientras contemplaba quién debió ser y quién debió ganar.

Verso Ⅻ